Mario Vázquez Carballo - Vicario general de la diócesis de Lugo

LA DIGNIDAD DE LA MUJER EN LA IGLESIA

enero 17, 2026 · 23:28 X

Cada día, por desgracia, nos encontramos hondamente dolidos y consternados por noticias que nos afectan hasta las entrañas de la razón y de los sentimientos, no solo porque podría tratarse de nuestras propias madres, hermanas o amigas, sino también por lo que supone de inmoralidad, insensibilidad hacia la dignidad del otro y de desprecio, perversión y abuso frente a lo que deberían ser relaciones entre iguales en dignidad en todos los campos de la existencia humana.

Subrayo y repito lo de “igualdad en dignidad” porque, por razones de diversidad, considero que es lo único que, como Hijos de Dios y desde la praxis de la fe, nos debe igualar.

La posible presunción de inocencia y los argumentos del derecho desde la praxis de la justicia, así como el archivo de algunos casos al respecto, no deben ocultar la necesidad de superar la misoginia y las actitudes machistas que parecen estar al orden del día por una diversidad de causas que aquí no voy ahora a analizar.

Los últimos papas y la teología contemporánea impulsaron desde su magisterio, la reflexión sobre el misterio central del cristianismo, el misterio de la Trinidad, fundamentando el ser de Dios como misterio de comunión, desde unas relaciones de igualdad en la diversidad  (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y desde los fundamentos bíblico-cristológicos que nos remiten a razones de fraternidad, desde el convencimiento de que la pertenencia a la Iglesia, por el bautismo, nos introduce en una comunidad de relaciones inclusivas y acogedoras.

Sin embargo, me encuentro con noticias de cómo la actualidad social y política contrapone constantemente a dos protagonistas femeninas: La Iglesia y la mujer. Por una parte, las mujeres, presentadas como grupo social que lucha por su propia emancipación y por otra, la Iglesia católica, vista como el más duro obstáculo para la consecución de la plena liberación femenina. Como miembro de la Iglesia también me duelen estas concepciones ideológicas. En las últimas décadas, con una gran rapidez y aceleración, por mi trabajo magisterial y pastoral, veo una nutrida literatura que relee todo lo que fue elaborado, publicado y dicho respecto a la misoginia en la Iglesia. Se puede descubrir y demostrar no solo lo que las mujeres han contribuido al bien de la Iglesia en el curso de los siglos, sino también todo lo que la Iglesia ha dado a las mujeres, ofreciéndoles posibilidades que la sociedad laica de su tiempo ni siquiera concebían.  Giulia Galeotti, en un capítulo titulado “Opresores de las mujeres” (Cf. Lucetta Scaraffia (Ed), La Gran Prostituta. Tópicos sobre la Iglesia a lo largo de la historia, Madrid, 2015, 257 ss), afirma que no todo es falso y que está claro que la Iglesia ha tenido históricamente, y en ciertos casos tiene todavía, más de un problema con las mujeres, y con las mujeres de carne y hueso. Y, sin embargo, la autora citada constata que “es indudable que el mensaje de Jesús fue feminista, no sólo respecto a la sociedad en la que vivió, sino también respecto al contexto en el que vivimos nosotros, como mujeres y hombres del tercer milenio”. Mas que ningún otro, Jesucristo y su mensaje permanecen como emancipadores. El cristianismo nace con una gran atención y preocupación por las mujeres. La dignidad de la mujer está siempre en el primer plano: el anuncio a una jovencísima muchacha le comunica la inminente encarnación del Hijo de Dios y la noticia de que el paso por la tierra de aquel Hijo no se acabó el viernes santo también pasa por una mujer, por el amor incondicional y sorprendente de María Magdalena, tal y como he escrito y publicado en este mismo Diario. El cristianismo, distinguiéndose totalmente del ambiente social y político circundante, tuvo desde sus comienzos una gran atención a la dignidad de la mujer y no se limitó a peticiones de principio, sino que acabó por transformar la vida cotidiana de los fieles, en las bodas poniendo al hombre y a la mujer en un mismo plano, pidiendo a los cónyuges el mismo deber de fidelidad. El Código de Derecho canónico ha sido el único que durante mucho tiempo igualaba el adulterio masculino y femenino. Se podrían añadir muchos más ejemplos y, sobre todo, hay que añadir aquí, lo que nos queda por hacer.

Mario Vázquez Carballo

Vicario General