Miguel Ángel Álvarez Pérez | 8 de septiembre de 2019

La Misa también es para los vivos

septiembre 7, 2019 · 21:26 1

A ver cómo lo digo. Cuando en las parroquias se avisa de que la misa de tal día es por tal persona, ya sabes que ese día va a estar la iglesia llena. No falla, es así. De igual modo, en la misa diaria en muchas iglesias de la ciudad o de las villas la afluencia de fieles está marcada por las intenciones de misas que estén anunciadas.

No voy a ser yo el que diga que no sirven de nada las misas por los difuntos. No lo digo porque bien sé que es lo mejor que podemos hacer por ellos: rezar y ofrecer la santa Misa. Nos lo recuerda un texto del Segundo Libro de los Macabeos que se lee con mucha frecuencia en las misas de exequias: «Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado». Y en muchas ocasiones el mismo Jesucristo nos invita a pedir con insistencia a su Padre aquellos que necesitamos.

También me veo en la obligación de recordar que en todas, repito, en todas las misas de cualquier día del año y por cualquier motivo, se pide siempre por todos los difuntos. Por lo general, la parte final de las distintas plegarias eucarísticas siempre está reservada para pedir por los difuntos: por alguno en concreto y siempre por todos.

Recuerdo estas cosas porque tengo la impresión de que mucha gente piensa que las misas solo son actos para recordar a los difuntos o para pedir por ellos.

Dicho esto, hay que recordar que las misas son también, y sobre todo, para los vivos. Somos nosotros, los que aún peregrinamos por este mundo, los que más estamos necesitados de la gracia de Dios.

Si echo la mirada hacia atrás y, simplemente, hago un pequeño recuerdo de personas fallecidas que conocí, sean de mi familia o no, me doy cuenta perfectamente de que soy yo el que necesito mucho más de la gracia de Dios que todos estos difuntos que conocí. Ya saben aquello de que «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8, 7b). Supongo que muchos de vosotros estaréis pensando en que vuestros padres o abuelos eran mucho mejores que vosotros.

Si observo mi vida y hago un simple examen de conciencia veo claramente que los supero a todos en debilidad y pecado. Por lo tanto, soy yo el que de verdad necesita ir a misa para que Jesucristo repare mi corazón herido por el pecado. También lo dice el mismo Cristo con otras palabras: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Mt 9, 12).

Si leemos cualquier formulario para la celebración de la eucaristía que trae el misal veremos que, como dijimos más arriba, siempre hay una parte en la que se pide por los difuntos (si la misa es de exequias todas las oraciones son los por los difuntos), pero todos los demás momentos de la celebración están pensados para los vivos: para pedir perdón; para escuchar a Dios que nos habla por su Palabra; para pedir por las necesidades del mundo;  para dar gracias por todo lo que Dios nos concede; para alimentar y fortalecer nuestra vida espiritual; para pedir por los demás, para invocar la protección de Dios; para pedir la intercesión de los santos y que imitemos el ejemplo de su vida…

Por eso, aunque recordemos en la misa con todo el afecto a nuestros difuntos, no podemos ser tan ingenuos como para pensar que nosotros no necesitamos para nada a Dios. Y mucho menos, podemos caer en el colmo de ir a un funeral y no acordarnos para nada del difunto, reduciendo todo a un mero acto social al que nos sentimos obligados a ir para que nos vean.

Miguel Ángel Álvarez Pérez

Párroco de A Fonsagrada

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