El correo de los lectores

Unos días de vacaciones para Dios y para ti. “Una luz de Esperanza”

Julio 16, 2017 · 23:23 0

Unos días de descanso, en el verano, pueden ser una bocanada de aire fresco para tu vida. Unos días, muy de Dios y muy tuyos y, a la vez, para todos.

El ayer quedó atrás, hoy es otro día… Hoy tienes en tus manos nuevas oportunidades… Mira el lado bueno de las cosas. Mira el mundo con confianza porque algo nuevo está brotando (Is 43, 18-19). Que las noches que caen sobre la humanidad no apaguen el viento fresco del Espíritu que el Dios de la Vida te regala en cada amanecer.

En tu corazón se teje una historia de esperanza siempre que no te aferras o añoras lo que ya pasó y confías en el nuevo día cargado de sorpresas. Admírate porque Dios cada día te invita a participar de su misma vida, quiere abrir los manantiales retenidos en tu corazón. Observa cómo el Espíritu te propone la cultura de la verdad, del bien y de la belleza, fuentes inagotables de alegría verdadera. Escucha en toda circunstancia: “Mirad que hago todo nuevo” (Ap 21, 5).

Dios despierta tu esperanza, abre tu vida, te atrae con fuerza y te pone en camino.

La esperanza te hace pobre, te desviste de riquezas que ocupan tu corazón; te adentra en la novedad. “Claro está que este caminante no podría venir a nuevas tierras, ni saber más de lo que sabía antes, si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos, y dejados los que sabía “ (San Juan de la Cruz).

La esperanza cristiana es una actitud teologal, que por la confianza amorosa de Dios, siempre fiel, trae al presente atribulado la certeza de la salvación realizada ya en Jesucristo (1Tes 1, 2). La esperanza es como un gemido interior, como un anhelo de trascendencia, de vida divina, de agua viva.

La esperanza te hace escuchar y acoger los gemidos de todos los tiempos, la historia dolorosa de la humanidad, la esperanza de los sin esperanza, para saltar con ellos toda barrera; de este modo, el gesto esperanzado recorre todos los vericuetos de lo humano. Tanto el dolor, como la felicidad, los momentos de plenitud, como los de hundimiento y fracaso, pueden contener gérmenes de esperanza.

El ser humano no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable. Pero esta esperanza se ve debilitada cada día por muchas formas de sufrimiento, de angustia y de muerte que atraviesan el corazón de muchos hombres y mujeres. No podemos evitar hacernos cargo de este desafío. El Espíritu de Dios, que vence sobre toda desesperación, nos acompaña en esta tarea.

La esperanza es posible también hoy y es posible para todos. San Pedro escribió a los primeros cristianos: “No les tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza“ (1 Pe 3, 14-15).

“Tú, oh Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; eres la única y verdadera esperanza del ser humano y de la historia” (Mensaje del Sínodo de los obispos).

La esperanza es el estilo de vida de los que se enfrentan a la realidad “enraizados y edificados” en Jesucristo (Col 2, 6). Mío es todo, “porque Cristo es mío y todo para mí… No te pongas en menos ni repares en migajas, sal fuera y gloríate en tu gloria “ (San Juan de la Cruz).

Jesucristo es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él es la luz, el camino, la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed” (Pablo VI).

“El Señor es nuestra esperanza “(Col 1, 27). “Es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad… Nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia… Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida “(Juan Pablo II).

La esperanza no tiene nada que ver con la pasividad, ni con una cómoda resignación; por el contrario infunde en ti un dinamismo impresionante por alcanzar lo que la fe te ofrece.

La esperanza no es únicamente una cuestión de mirada, de ojos nuevos, sino también de manos nuevas y de trabajo adecuado y eficaz.

La esperanza te afirma incluso allí donde ronda el fracaso. Porque su posibilidad no radica en las experiencias óptimas de los triunfadores, sino en la promesa del Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Cuando eres creativo se asoma la esperanza al mundo; cuando confías en el ser humano a pesar de todos los fracasos y decepciones; cuando defiendes la dignidad de la persona; cuando frente al individualismo, ofreces solidaridad, y frente a insensibilidad, misericordia. Se asoma la esperanza.

Y para terminar me hago la siguiente pregunta: ¿Qué signos de esperanza veo brotar en mi vida, en mi entorno, y en el mundo?

Gracias Señor

Gracias, Señor por el cosmos y su increíble sinfonía.

Gracias, Señor, por cada mujer, ternura de Dios en el mundo.

Gracias, Señor, por los que tienen siempre una palabra de aliento.

Gracias, Señor, por los gestos de paz que hacen frente a la violencia.

Gracias, Señor, por la cercanía siempre fresca de los amigos.

Gracias, Señor, por los débiles de la tierra y su contribución impagable a la esperanza.

Gracias, Señor, por tantos gestos cotidianos de servicio y gratuidad.

Gracias, Señor, por el milagro del agua y del pan, del abrazo y del beso.

(Bibliografía Revista Orar)

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