Mario Vázquez Carballo | El Progreso, 12 de marzo de 2017

La Cuaresma: puerta abierta a la interioridad

marzo 12, 2017 · 9:16 0

Con el miércoles de ceniza y con el tradicional rito de la imposición de ésta en la frente, ha comenzado la Cuaresma. Parece que en nuestros ambientes sociales este tiempo tan significativo e importante en la cultura cristiana, ya no es noticia. Paradójicamente, los medios de comunicación destacan más en sus titulares el comienzo del Ramadán que el tiempo de Cuaresma. Sin embargo la Cuaresma en nuestra cultura cristiana está llena de sentido y de contenido espiritual y educativo. En su historia, como tiempo fuerte confluyen dos dimensiones importantes. Por un lado, era la última preparación de los catecúmenos adultos para recibir el bautismo en la noche santa de Pascua y por otro, el tiempo en que se realizaba la reconciliación de los penitentes públicos con la comunidad creyente, en el día del Jueves Santo. Al mismo tiempo, los cristianos se preparaban con ayunos y penitencias a las celebraciones de la Pasión y Muerte del Señor.

San Ireneo habla, ya entonces, de un ayuno de uno o dos días. Eran tiempos sin normas prefijadas pero que nacían de la profunda devoción y deseo de conversión de los primeros cristianos. Será en el siglo IV, en el canon 5º del Concilio de Nicea donde encontramos uno de los testimonios más antiguos de la práctica cuaresmal, que alcanzará un gran relieve durante la Edad Media bien fundamentada en las experiencias bíblicas de los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto hasta la Tierra Prometida y en los cuarenta días de ayuno de  Jesús.

La cuaresma es como un largo tiempo que nos recuerda la necesidad de mirar a nuestro interior, de examinarnos ante los ojos misericordiosos de Dios y de recuperar nuestras fuerzas en la escucha de la Divina Palabra para rechazar los engaños a los que nos someten el Gran Tentador y los tentadores de turno. Es una gran ocasión para la práctica de la oración, del ayuno y de la caridad (limosna), para sanación interior y exterior, para el retiro y la soledad, para entrar en nosotros mismos y escuchar los sonidos del silencio y para encontrar la verdad de nuestro ser allí donde radica lo esencial, que con frecuencia se nos hace invisible a los ojos.

Si de algo está necesitada nuestra sociedad es de espiritualidad y de retorno a la interioridad. Todos los estudiosos del fenómeno humano están de acuerdo en que se vive excesivamente para la exterioridad, que hay una incapacidad generalizada para las experiencias de meditación y de silencio (y, por lo tanto, para la oración), que nuestros niños padecen las consecuencias de una sociedad altamente ruidosa y que la hiperactividad a las que están sometidos les impide pensar y ser. Entre las finalidades de la educación que recogía el informe Delors (La Educación encierra un tesoro, informe a la Unesco de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI) se incluía preferentemente la de aprender a ser. Para que el ser humano vuelva a ser él mismo, es necesario que viva conscientemente, que piense, y ello supone vivir conociéndose. La interioridad es consustancial al ser humano, es el alma de la existencia y no puede quedar al margen de la mirada pedagógica que quiera estar comprometida con el desarrollo integral de la persona.

Recuerdo el consejo de Miguel de Unamuno a un alumno: “En vez de decir: ¡Adelante! o ¡Arriba!, di: ¡Adentro! Reconcéntrate para irradiar; déjate llenar para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás, todo entero e indiviso. “Doy cuanto tengo, dice el generoso”. “Doy cuanto soy”, dice el héroe. “Me doy a mí mismo, dice el santo”; di tú con él al darte: “Doy conmigo el universo entero”. Para ello, tienes que hacerte universo buscando dentro de ti. ¡Adentro!”

 

 

Mario Vázquez Carballo

Vicario General diócesis de Lugo

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