Rezar por la calle

noviembre 9, 2018 · 22:39 0

Buscando en mi estantería un libro, encontré otro que me llamó la atención el título “Oraciones para rezar por la calle”, de M. Quoist. Al abrirlo vi que lo prologaba un sacerdote al que admiro, José Luis Martín Descalzo.

Se preguntaba Martín Descalzo si es unos ojos cristianos tienen algo que hacer en plena calle que no sea admirar la obra de Dios en cada detalle y circunstancia. La respuesta más fácil es decir que la calle no es para rezar. Cuando pensamos así, estamos disociando la fe de la vida, creyendo que con ir a la Iglesia media hora el domingo ya está todo hecho y que la fe no tiene que influir en la vida y viceversa.

Por eso la primera tarea de los cristianos de hoy es buscar un hueco para Dios en la vida, en la propia y en la de sus hermanos. Tenemos que conseguir que la palabra “oración” no siga sonando en nuestros oídos como una cosa de la antigüedad. Necesitamos llevar la oración a la vida y cargar de vida toda la oración cristiana.

“Si supiéramos contemplar la vida con los ojos de Dios”, dice M. Quoist, veríamos que en el mundo no hay nada que no sea religioso, que todo habla de Dios y su reino.

“Si supiéramos contemplar la vida con los ojos de Dios”, toda la vida se nos convertiría en signo, nos tropezaríamos con continuos detalles del amor de un Dios Padre y Creador que se alegra con nuestro amor de criaturas.

El Padre nos ha puesto en el mundo. Pero no para vivir en él con ojos adormilados, sino para ir buscando sus huellas en las personas y los acontecimientos que nos rodean, pues todo nos habla de Dios.

¡Esta es la verdad! que encontramos, una vez más, hecha realidad en el estilo de vivir orando y de orar viviendo.

Termino con una sencilla oración que hice mientras esperaba a ser atendida en una oficina y así intentar poner en práctica lo que leyera por la mañana en casa.

Maravillado

Deja, Señor, que mientras espero que me atiendan en estas oficinas,

me maraville del poder que nos has concedido a los hombres;

de los ingenios que han salido de nosotros, que participamos de tu poder creador.

Me maravilla, Señor, el teléfono.

¿Las ondas? ¿Los hilos?

Duendes mágicos que hemos acertado a sacar de su escondrijo.

Marco un número, Señor, y puedo hablar y puedo reír y llorar con otro;

Puedo alegrarme o entristecerme con él o simplemente hablar por el placer de hablar.

¡Puedo comunicarme!

Gracias, Señor.

Gracias, sobre todo, porque para hablar Contigo tengo siempre línea directa y en cualquier lugar y a cualquier hora.

Gracias.

Me maravilla, Señor, la tele, ese aparato mágico,

esa caja misteriosa que se mete en todos los hogares,

y en casi todos los conventos,

y en todos los bares,

y nos inunda con imágenes universales.

¿Cómo hemos podido inventar la televisión?

¿Cómo podemos recrearnos ante ella sin caer de rodillas ante ti?

Yo quisiera, Señor, que en el Cielo montaras tu cadena de televisión.

Te sobran artistas eternamente rejuvenecidos.

Y tú, Señor, podrías hablarnos mostrándonos tus ojos amorosos y llenos de misericordia.

Tendrías éxito, Señor.

Y podrías ponernos anuncios de todas las bienaventuranzas.

Me maravilla, Señor, internet.

Este si que es la maravilla de todas las maravillas.

Imaginar a millones y millones de hijos tuyos,

tan dispersos y aislados… intercomunicándose.

Ponlo en el cielo, Señor, si aún no lo tienes.

Puede ser el mejor símbolo de la Comunión de los Santos.

Me maravilla por fin, Señor,

que podamos almacenar toda clase de música en discos, CD, Mp3 etc.

Yo almacenaría y repetiría y repetiría la música de tu Palabra.

Gracias, Señor, por la inteligencia de la que nos has dotado

para ser capaces de realizar estos y otros portentos.

Enséñanos a utilizarlos con amor y por amor. Amén.

 

JVL

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